viernes, 3 de abril de 2026

CONFESIONES DE UN BURGUÉS, SÁNDOR MÁRAI (IV)

    Entre mis maestros y profesores había pocos educadores profesionales, pero el espíritu de los colegios e institutos a los que asistí era correcto. En la escuela ‘católica’ los religiosos nos inculcaban sentimientos de libertad y justicia. En cuestiones de fe se mostraban tolerantes y generosos. Nunca le oí hablar mal de la Iglesia reformada, no tachaban a sus miembros de “herejes” o “paganos”, aunque en algunas escuelas secundarias laicas de “espíritu católico” se daban algunos casos. El espíritu de la escuela era liberal, según el sentido que le daban al liberalismo Ferenc Deák y Lóránd Eötvös. La mayoría de los profesores eran religiosos, sólo las clases de educación física eran impartidas por un profesor “laico”, un hombre ya mayor que consideraba que sus clases debían servir, ante todo, para pasar un rato agradable, jugar y divertirnos como quisiéramos. El afán de establecer récords, tan de moda en nuestros días, aunque completamente ajeno a las escuelas inglesas, por otra parte basadas en la educación física, ese afán de destacar despreciable y despreciado no estaba presente de ninguna manera en nuestra educación. Las clases de educación física representaban un excelente momento para relajarnos: la tensión de las asignaturas, cargadas de responsabilidades y peligros, se diluía por unos instantes en esos brincos y esas carreras que no suponían responsabilidad seria alguna. Debido al espíritu ‘humanista’ de la escuela, descuidábamos y despreciábamos deliberadamente el ejercicio físico. El viejo profesor estaba durante las clases, en su minúsculo y oscuro despacho, situado en un rincón del gimnasio, que olía a zapatillas deportivas, fumando tabaco que él mismo secaba colocándolos en tiras finísimas sobre unas rejillas, en medio de una nube de humo, sabio, indiferente y muy contento, dejándonos a nosotros la libertad de seguir su clase de la manera que más nos apeteciera.

Confesiones de un burgués, Salamandra, pág 167


 

viernes, 20 de marzo de 2026

ATANDO CABOS, ANNIE PROULX

    —Señor Quoyle. Hemos tenido algunos problemas con Bunny esta mañana. En el recreo. Lamento decirle que ha empujado a una de las profesoras, a la señora Lumbull. La empujó con mucha fuerza. De hecho, Bunny la derribó. Es una niña alta y fuerte para su edad. No, no fue un accidente. Según dicen todos fue algo a propósito. No hace falta que le diga que la señora Lumbull está enfadada y desconcertada por el empujón de la niña. Bunny no quiere decir por qué. Está sentada al otro lado de mi mesa y se niega a hablar. Señor Quoyle, creo que será mejor que venga a buscarla. La señora Lumbull ni siquiera conocía a Bunny. No está en su clase 


 Atando cabos, Tusquets, página 309

viernes, 6 de marzo de 2026

NADA SE OPONE A LA NOCHE, DELPHINE DE VIGAN

     Había en su mirada una insolencia que la mayoría de sus profesores no podían soportar. Eso sin mencionar los comentarios que intercambiaba con sus amigas para burlarse de la ridícula vestimenta de los docentes o para suponer que tal monja mantiene con tal otra relaciones libidinodsas 


 

Nada se opone a la noche, Anagrama, pág 104

viernes, 20 de febrero de 2026

JUAN BELMONTE, MATADOR DE TOROS, MANUEL CHAVES NOGALES

    Me mandaron a la escuela, como castigo. Era, de verdad, un castigo aquel caserón triste, con aquellas cuadras húmedas y penumbrosas y aquellos maestros malhumorados, en los que no suponíamos ningún humano sentimiento. Se decía que el edificio de la escuela había sido en tiempos una de las prisiones de la Inquisición, y había corrido la voz entre los niños de que en los sótanos se conservaban los aparatos de tortura que usaron los inquisidores. Todo aquello daba a la escuela un aire siniestro. Lo temíamos todo, y cuando traspasábamos aquel portalón sombrío, era como si nos metiésemos en la boca del lobo. Frente al maestro teníamos una actitud hostil y desesperada de alimañas cautivas. El miedo real a la palmeta y un terror difuso a no sé qué terribles torturas inquisitoriales que nos imaginábamos, nos acorralaban ordenadamente en los duros bancos de la escuela. Una vez un maestro se entusiasmó golpeando a un niño. Le tiramos un tintero a la cabeza y nos fuimos. 


 Juan Belmonte, matador de toros, Libros del Asteroide, página 13

viernes, 6 de febrero de 2026

TRES DÍAS DE JUNIO, ANNE TYLER

     —Tienes mucho talento para la enseñanza, ya lo sabes —dijo Max—. Lidiar con todos esos críos que tienen pánico a las matemáticas.

—Pero se te olvida que los profesores ganan una miseria —le dije—. ¿Por qué crees que pasé por el suplicio de sacarme el máster de gestión, eh?


Tres días de junio, Lumen, pág 23

viernes, 23 de enero de 2026

DESGRACIA, J. M. COETZEE

 Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio, emasculada, está más fuera de lugar que nunca. Claro que, a esos mismos efectos, también lo están otros colegas de los viejos tiempos, lastrados por una educación de todo punto inapropiada para afrontar las tareas que hoy día se les exige que desempeñen; son clérigos en una época posterior a la religión.

 


Desgracia, Mondadori, pág 11

viernes, 9 de enero de 2026

ALGO HA PASADO, JOSEPH HELLER

 Sé (y me molesta) que semanas antes de que acabe el verano empieza a hacerse mala sangre y a exasperarse por todas las pruebas que está seguro de que se encontrará: los estudios, los éxitos que se esperan de él en gimnasia (le gustan los juegos de correr y esquivar a sus compañeros, pues es veloz, ágil y escurridizo), los nuevos profesores, los viejos profesores, el director, el subdirector, el jefe de taller, el profesor de ciencias (siempre ha mostrado desconfianza por los profesores de taller y de ciencias. Tal vez porque son hombres), la profesora de música (¿le exigirá también ella que se ponga de pie y cante unos acordes para determinar en qué sección del coro lo ubicará cuando haya que cantar en las asambleas semanales?), los monitores de los grados superiores al suyo (muchachos más grandes y más fuertes que él, con derecho a darle órdenes, y chicas más grandes y más altas con insignias y brazaletes que indican autoridad y con pechos embrionarios que comienzan a apuntar hacia él de forma misteriosa y amenazadora. Recuerdo cómo era cuando yo era pequeño), y los chicos y chicas a quienes conoce del año anterior que ya no estarán en su clase. Lamenta la pérdida de los alumnos que conoce, tanto los niños como las niñas, incluso la de aquellos que no le gustan y se mudan a otras ciudades o bien los llevan a escuelas privadas, caras y no muy buenas (cada vez somos más los que cambiamos a nuestros hijos a otras escuelas privadas, para después volver a cambiarlos a otras escuelas privadas que no son mucho mejores. No nos gustan los directores de estas escuelas privadas

 


 Random House, pág 246