viernes, 20 de febrero de 2026

JUAN BELMONTE, MATADOR DE TOROS, MANUEL CHAVES NOGALES

    Me mandaron a la escuela, como castigo. Era, de verdad, un castigo aquel caserón triste, con aquellas cuadras húmedas y penumbrosas y aquellos maestros malhumorados, en los que no suponíamos ningún humano sentimiento. Se decía que el edificio de la escuela había sido en tiempos una de las prisiones de la Inquisición, y había corrido la voz entre los niños de que en los sótanos se conservaban los aparatos de tortura que usaron los inquisidores. Todo aquello daba a la escuela un aire siniestro. Lo temíamos todo, y cuando traspasábamos aquel portalón sombrío, era como si nos metiésemos en la boca del lobo. Frente al maestro teníamos una actitud hostil y desesperada de alimañas cautivas. El miedo real a la palmeta y un terror difuso a no sé qué terribles torturas inquisitoriales que nos imaginábamos, nos acorralaban ordenadamente en los duros bancos de la escuela. Una vez un maestro se entusiasmó golpeando a un niño. Le tiramos un tintero a la cabeza y nos fuimos. 


 Juan Belmonte, matador de toros, Libros del Asteroide, página 13

viernes, 6 de febrero de 2026

TRES DÍAS DE JUNIO, ANNE TYLER

     —Tienes mucho talento para la enseñanza, ya lo sabes —dijo Max—. Lidiar con todos esos críos que tienen pánico a las matemáticas.

—Pero se te olvida que los profesores ganan una miseria —le dije—. ¿Por qué crees que pasé por el suplicio de sacarme el máster de gestión, eh?


Tres días de junio, Lumen, pág 23

viernes, 23 de enero de 2026

DESGRACIA, J. M. COETZEE

 Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio, emasculada, está más fuera de lugar que nunca. Claro que, a esos mismos efectos, también lo están otros colegas de los viejos tiempos, lastrados por una educación de todo punto inapropiada para afrontar las tareas que hoy día se les exige que desempeñen; son clérigos en una época posterior a la religión.

 


Desgracia, Mondadori, pág 11

viernes, 9 de enero de 2026

ALGO HA PASADO, JOSEPH HELLER

 Sé (y me molesta) que semanas antes de que acabe el verano empieza a hacerse mala sangre y a exasperarse por todas las pruebas que está seguro de que se encontrará: los estudios, los éxitos que se esperan de él en gimnasia (le gustan los juegos de correr y esquivar a sus compañeros, pues es veloz, ágil y escurridizo), los nuevos profesores, los viejos profesores, el director, el subdirector, el jefe de taller, el profesor de ciencias (siempre ha mostrado desconfianza por los profesores de taller y de ciencias. Tal vez porque son hombres), la profesora de música (¿le exigirá también ella que se ponga de pie y cante unos acordes para determinar en qué sección del coro lo ubicará cuando haya que cantar en las asambleas semanales?), los monitores de los grados superiores al suyo (muchachos más grandes y más fuertes que él, con derecho a darle órdenes, y chicas más grandes y más altas con insignias y brazaletes que indican autoridad y con pechos embrionarios que comienzan a apuntar hacia él de forma misteriosa y amenazadora. Recuerdo cómo era cuando yo era pequeño), y los chicos y chicas a quienes conoce del año anterior que ya no estarán en su clase. Lamenta la pérdida de los alumnos que conoce, tanto los niños como las niñas, incluso la de aquellos que no le gustan y se mudan a otras ciudades o bien los llevan a escuelas privadas, caras y no muy buenas (cada vez somos más los que cambiamos a nuestros hijos a otras escuelas privadas, para después volver a cambiarlos a otras escuelas privadas que no son mucho mejores. No nos gustan los directores de estas escuelas privadas

 


 Random House, pág 246