Entre
mis maestros y profesores había pocos educadores profesionales, pero
el espíritu de los colegios e institutos a los que asistí era
correcto. En la escuela ‘católica’ los religiosos nos inculcaban
sentimientos de libertad y justicia. En cuestiones de fe se mostraban
tolerantes y generosos. Nunca le oí hablar mal de la Iglesia
reformada, no tachaban a sus miembros de “herejes” o “paganos”,
aunque en algunas escuelas secundarias laicas de “espíritu
católico” se daban algunos casos. El espíritu de la escuela era
liberal, según el sentido que le daban al liberalismo Ferenc Deák y
Lóránd Eötvös. La mayoría de los profesores eran religiosos,
sólo las clases de educación física eran impartidas por un
profesor “laico”, un hombre ya mayor que consideraba que sus
clases debían servir, ante todo, para pasar un rato agradable, jugar
y divertirnos como quisiéramos. El afán de establecer récords, tan
de moda en nuestros días, aunque completamente ajeno a las escuelas
inglesas, por otra parte basadas en la educación física, ese afán
de destacar despreciable y despreciado no estaba presente de ninguna
manera en nuestra educación. Las clases de educación física
representaban un excelente momento para relajarnos: la tensión de
las asignaturas, cargadas de responsabilidades y peligros, se diluía
por unos instantes en esos brincos y esas carreras que no suponían
responsabilidad seria alguna. Debido al espíritu ‘humanista’ de
la escuela, descuidábamos y despreciábamos deliberadamente el
ejercicio físico. El viejo profesor estaba durante las clases, en su
minúsculo y oscuro despacho, situado en un rincón del gimnasio, que
olía a zapatillas deportivas, fumando tabaco que él mismo secaba
colocándolos en tiras finísimas sobre unas rejillas, en medio de
una nube de humo, sabio, indiferente y muy contento, dejándonos a
nosotros la libertad de seguir su clase de la manera que más nos
apeteciera.

Confesiones de un burgués, Salamandra, pág 167