Había en su mirada una insolencia que la mayoría de sus profesores no podían soportar. Eso sin mencionar los comentarios que intercambiaba con sus amigas para burlarse de la ridícula vestimenta de los docentes o para suponer que tal monja mantiene con tal otra relaciones libidinodsas
Nada se opone a la noche, Anagrama, pág 104

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