Sé (y me molesta) que semanas antes de que acabe el verano empieza a
hacerse mala sangre y a exasperarse por todas las pruebas que está
seguro de que se encontrará: los estudios, los éxitos que se
esperan de él en gimnasia (le gustan los juegos de correr y esquivar
a sus compañeros, pues es veloz, ágil y escurridizo), los nuevos
profesores, los viejos profesores, el director, el subdirector, el
jefe de taller, el profesor de ciencias (siempre ha mostrado
desconfianza por los profesores de taller y de ciencias. Tal vez
porque son hombres), la profesora de música (¿le exigirá también
ella que se ponga de pie y cante unos acordes para determinar en qué
sección del coro lo ubicará cuando haya que cantar en las asambleas
semanales?), los monitores de los grados superiores al suyo
(muchachos más grandes y más fuertes que él, con derecho a darle
órdenes, y chicas más grandes y más altas con insignias y
brazaletes que indican autoridad y con pechos embrionarios que
comienzan a apuntar hacia él de forma misteriosa y amenazadora.
Recuerdo cómo era cuando yo era pequeño), y los chicos y chicas a
quienes conoce del año anterior que ya no estarán en su clase.
Lamenta la pérdida de los alumnos que conoce, tanto los niños como
las niñas, incluso la de aquellos que no le gustan y se mudan a
otras ciudades o bien los llevan a escuelas privadas, caras y no muy
buenas (cada vez somos más los que cambiamos a nuestros hijos a
otras escuelas privadas, para después volver a cambiarlos a otras
escuelas privadas que no son mucho mejores. No nos gustan los
directores de estas escuelas privadas

Random House, pág 246