—En
la universidad fueron buenos contigo, Ignatius. Vamos, di la verdad.
Te dejaron quedarte allí mucho tiempo. Te dejaron incluso dar una
clase.
—Bah,
fundamentalmente era igual. Cierto pobre blanco de Mississippi le
dijo al decano que yo era un propagandista del Papa, cosa
evidentemente falsa. Yo no apoyo al Papa actual. No se ajusta en
absoluto a mi idea de un Papa firme y autoritario. En realidad, me
opongo firmísimamente al relativismo del catolicismo moderno. Sin
embargo, el atrevimiento de aquel ignorante fundamentalista rústico
y fanático impulsó a mis demás alumnos a crear un comité para
exigir que yo corrigiese, puntuase y devolviese sus ensayos y
exámenes acumulados. Hubo incluso una pequeña manifestación ante
la ventana de mi despacho. Fue todo muy espectacular. Se las
arreglaron bastante bien, siendo como eran unos mozalbetes simplones
e ignorantes. En el punto culminante de la manifestación, tiré
todos aquellos papeluchos, sin corregir, por supuesto, por la
ventana, sobre sus propias cabezas. La universidad era demasiado
mezquina para aceptar aquel acto de desafío al abismo de la academia
contemporánea.
—¡Ignatius!
Nunca me lo habías contado.
—No
quería preocuparte. También les dije a los estudiantes que, en bien
del futuro de la humanidad, esperaba que todos fueran estériles
—Ignatius se colocó las almohadas alrededor de la cabeza—. No
habría podido leer las barbaridades y disparates que salían de las
mentes oscuras de aquellos estudiantes. Me pasará igual dondequiera
que trabaje.