Darle un cachete a alguien en la mejilla o tirarle de la oreja estaba totalmente a la orden del día. Te voy a arrancar las orejas no era ninguna metáfora o hipérbole; de hecho, la maestra le desgarró levemente la parte inferior del lóbulo de la oreja a mi hermano, según dijo el médico de la escuela. Yo tengo recuerdos de tizas que me lanzaban o de haber recibido golpes con la varilla, pero la que más daño hacía era la profesora de alemán con su anillo de hierro en un dedo.
El jardinero y la muerte, Impedimenta, pág 155