Porque en lo que respecta a los maestros de escuela a quienes se les va la mano, estoy a favor de encarcelarlos. Bueno, no a todos. En Westminster me pegaron unas cuantas veces con toda la razón del mundo, o eso me pareció entonces, mientras lo hacían incluso, y aunque no gozaba del dolor, sí gozaba de lo lindo de la distinción que me confería cada vez que caminaba entre mis compañeros con el culo escocido pero la cabeza bien alta
Diarios de un fumador, gatopardo ediciones, pág 85

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