Seguro que allí tampoco faltaban viejos catedráticos irascibles cuyas clases te dejaban en coma, mientras leían fatigosamente en voz alta, por trigésima vez, el mismo capítulo de un libro que habían publicado en 1949 y no habían vuelto a revisar. Pero también había catedráticos más jóvenes cuyas clases tenían un toque extravagante y teatral, y que desafiaban las normas y estaban abriendo las puertas al marxismo, el estructuralismo y la cultura pop, y que eran capaces de llenar el aula más grande hasta el punto de que había oyentes que se quedaban sin poder entrar, decepcionados
Las pruebas de mi inocencia, Anagrama, pá

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