Incluso tomó un desvío de un cuarto de milla para poder contemplar su vieja escuela, St. Barnabus, con sus muros altos, mancillados, de ladrillo, y su patio de asfalto picado. Era un ejercicio valioso de dolorosa nostalgia, y era realmente la razón primera por la que algunas veces aceptaba la invitación permanente de su madre de ir a comer los sábados (nunca los domingos). Era como arañar la costra de una herida; la ves dad era que quería cicatrices, estaría muy mal intentar olvidar, dejarlo todo en blanco
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