Aquello era tan interminable como un claustro de profesores
Si este no es mi hogar, no tengo un hogar, Seix Barral, pág 73
Decía Juan de Mairena en sus momentos de mal humor: «Un pedagogo hubo: se llamaba Herodes».
Aquello era tan interminable como un claustro de profesores
La mayoría de los profesores, en cambio, intentaron adaptarse al nuevo curso de los acontecimientos, secundarlo, improvisando métodos de enseñanza más dialogados, más libres, menos autoritarios, menos paternalistas: el resultado fue aún peor. No solo no conquistaron a los alborotadores para quienes toda autoridad era maligna en sí misma, sino que también perdieron el respeto de los estudiantes, especialmente de los más jóvenes, que necesitaban puntos de referencia y a alguien que mantuviera el listón recto. Los profesores que intentaron seguir el flujo de la contestación fueron los primeros en fracasar: les llevó muy poco perder primero autoridad, luego ímpetu y por último identidad
Cuando supe que no iría más a la escuelita, sentí esa mezcla característica de alivio y aprensión que deben de sentir todos los que abandonan una institución educativa: prefería tener las tardes libres, aunque fuera para no hacer nada, pero al mismo tiempo sabía que estaba perdiendo algo
Había cumplido dando clase a los niños negros e italianos de la misión de Gibbsville, que se hace pasar por la Liga Infantil de Gibbsville. Pero no le había gustado. No tenía ni aplomo ni seguridad con aquellos niños, ni con ningunos otros, y sabía que no era buena profesora.
Seguro que allí tampoco faltaban viejos catedráticos irascibles cuyas clases te dejaban en coma, mientras leían fatigosamente en voz alta, por trigésima vez, el mismo capítulo de un libro que habían publicado en 1949 y no habían vuelto a revisar. Pero también había catedráticos más jóvenes cuyas clases tenían un toque extravagante y teatral, y que desafiaban las normas y estaban abriendo las puertas al marxismo, el estructuralismo y la cultura pop, y que eran capaces de llenar el aula más grande hasta el punto de que había oyentes que se quedaban sin poder entrar, decepcionados
Las pruebas de mi inocencia, Anagrama, pá
Su madre objetó que el trabajo implicaría el fin de la educación de Martin, quien nunca pasaría de octavo grado, pero su progenitor replicó que había otras formas de educarse en la vida, que él mismo comenzó a trabajar a los doce años y que, en todo caso, Martin podía dejar el trabajo al cabo de unos pocos meses o un año y volver a la escuela si el asunto le resultaba muy decepcionante.
Mi experiencia me dice que aquellos que durante la etapa escolar o los años universitarios han sido más evidentemente geniales suelen quedarse en nada cuando pasan a la edad adulta; como si se hubieran agotado para siempre en los fuegos artificiales de la adolescencia.
- ¿Has tomado ya una decisión, hija mía?- preguntó la señora Garth, dejando las cartas sobre la mesa
- Iré al colegio de York- dijo Mary-. Me parece menos malo enseñar en un colegio que en una familia. Me gusta más dar clases. Y, como puedes ver, tengo que enseñar: no existe otra posibilidad.
- Enseñar me parece el trabajo más ameno del mundo- dijo la señora Garth, con tono reprobador-. Comprendería tus objeciones si no tuvieras los necesarios conocimientos o no te gustaran los niños
- Imagino que nunca entendemos del todo por qué a otra persona no le gusta lo que a nosotros nos parece bien, madre- dijo Mary, con cierta frialdad-. No siento cariño por las aulas: prefiero el mundo exterior. Tengo ese defecto tan inconveniente.
Middlemarch, George Eliot, pág 54
Otra cosa fue para mí Berasain y Pons. Aquel, hijo de un acomodado indiano navarro, acababa de ganar su cátedra y había llegado a Pamplona fresco aún su saber de opositor brillante e intacto un excelente brío didáctico. Nos enseñó muy bien la Física, y todavía mejor la Química, especialmente a los que sin palabras le pedíamos algo más que tópicas lecciones recortadas. Del libro de texto de Montequi, por entonces recién aparecido, me hizo pasar al ya universitario de Rocasolano, casi a diario nos obligaba a bregar con problemas y más problemas, nos introdujo en la práctica de modestos, pero bien escogidos experimentos, y nos incitó a conocer pequeñas monografías científicas de nivel ya superior, como la del joven Esteban Terradas sobre el número de Avogadro. De esto a la resolución de estudiar Ciencias químicas, calurosamente apoyada por mi padre al terminar el curso, durante el verano de 1923, no había más que un paso
Descargo de conciencia (1930-1960), Barral, pág 28
Los métodos pedagógicos eran, los de unos y otros, abominables, los textos escolares inmundos y el plan de estudios medioeval. Trinidad que pesaba aplastantemente sobre todas las materias de estudio, pero singularmente sobre la literatura y sus aledaños. Claro que eso no era casualidad. No sé qué dirán los teóricos de la pedagogía- gentes que nunca me han parecido respetables-, pero me imagino que la justificación tradicional de que en todos los países modernos se siga enseñando historia de la literatura y no se enseñe, en cambio, historia del arte y de la música, consiste en que se sigue considerando la literatura como el ejemplario de la lengua que se debe hablar y escribir, es decir, que consiste en el fondo en una peligrosa identificación entre lengua y literatura, que a su vez se apoya en la ingenua identificación entre la lengua y la lengua literaria y más allá entre habla y lenguaje y, a fin de cuentas, entre lenguaje y el arte de hablar y escribir correctamente…
Años de penitencia, Alianza Tres, pág 86
Darle un cachete a alguien en la mejilla o tirarle de la oreja estaba totalmente a la orden del día. Te voy a arrancar las orejas no era ninguna metáfora o hipérbole; de hecho, la maestra le desgarró levemente la parte inferior del lóbulo de la oreja a mi hermano, según dijo el médico de la escuela. Yo tengo recuerdos de tizas que me lanzaban o de haber recibido golpes con la varilla, pero la que más daño hacía era la profesora de alemán con su anillo de hierro en un dedo.
Porque en lo que respecta a los maestros de escuela a quienes se les va la mano, estoy a favor de encarcelarlos. Bueno, no a todos. En Westminster me pegaron unas cuantas veces con toda la razón del mundo, o eso me pareció entonces, mientras lo hacían incluso, y aunque no gozaba del dolor, sí gozaba de lo lindo de la distinción que me confería cada vez que caminaba entre mis compañeros con el culo escocido pero la cabeza bien alta
Entre mis maestros y profesores había pocos educadores profesionales, pero el espíritu de los colegios e institutos a los que asistí era correcto. En la escuela ‘católica’ los religiosos nos inculcaban sentimientos de libertad y justicia. En cuestiones de fe se mostraban tolerantes y generosos. Nunca le oí hablar mal de la Iglesia reformada, no tachaban a sus miembros de “herejes” o “paganos”, aunque en algunas escuelas secundarias laicas de “espíritu católico” se daban algunos casos. El espíritu de la escuela era liberal, según el sentido que le daban al liberalismo Ferenc Deák y Lóránd Eötvös. La mayoría de los profesores eran religiosos, sólo las clases de educación física eran impartidas por un profesor “laico”, un hombre ya mayor que consideraba que sus clases debían servir, ante todo, para pasar un rato agradable, jugar y divertirnos como quisiéramos. El afán de establecer récords, tan de moda en nuestros días, aunque completamente ajeno a las escuelas inglesas, por otra parte basadas en la educación física, ese afán de destacar despreciable y despreciado no estaba presente de ninguna manera en nuestra educación. Las clases de educación física representaban un excelente momento para relajarnos: la tensión de las asignaturas, cargadas de responsabilidades y peligros, se diluía por unos instantes en esos brincos y esas carreras que no suponían responsabilidad seria alguna. Debido al espíritu ‘humanista’ de la escuela, descuidábamos y despreciábamos deliberadamente el ejercicio físico. El viejo profesor estaba durante las clases, en su minúsculo y oscuro despacho, situado en un rincón del gimnasio, que olía a zapatillas deportivas, fumando tabaco que él mismo secaba colocándolos en tiras finísimas sobre unas rejillas, en medio de una nube de humo, sabio, indiferente y muy contento, dejándonos a nosotros la libertad de seguir su clase de la manera que más nos apeteciera.
Confesiones de un burgués, Salamandra, pág 167
—Señor Quoyle. Hemos tenido algunos problemas con Bunny esta mañana. En el recreo. Lamento decirle que ha empujado a una de las profesoras, a la señora Lumbull. La empujó con mucha fuerza. De hecho, Bunny la derribó. Es una niña alta y fuerte para su edad. No, no fue un accidente. Según dicen todos fue algo a propósito. No hace falta que le diga que la señora Lumbull está enfadada y desconcertada por el empujón de la niña. Bunny no quiere decir por qué. Está sentada al otro lado de mi mesa y se niega a hablar. Señor Quoyle, creo que será mejor que venga a buscarla. La señora Lumbull ni siquiera conocía a Bunny. No está en su clase
Había en su mirada una insolencia que la mayoría de sus profesores no podían soportar. Eso sin mencionar los comentarios que intercambiaba con sus amigas para burlarse de la ridícula vestimenta de los docentes o para suponer que tal monja mantiene con tal otra relaciones libidinodsas
Nada se opone a la noche, Anagrama, pág 104
Me mandaron a la escuela, como castigo. Era, de verdad, un castigo aquel caserón triste, con aquellas cuadras húmedas y penumbrosas y aquellos maestros malhumorados, en los que no suponíamos ningún humano sentimiento. Se decía que el edificio de la escuela había sido en tiempos una de las prisiones de la Inquisición, y había corrido la voz entre los niños de que en los sótanos se conservaban los aparatos de tortura que usaron los inquisidores. Todo aquello daba a la escuela un aire siniestro. Lo temíamos todo, y cuando traspasábamos aquel portalón sombrío, era como si nos metiésemos en la boca del lobo. Frente al maestro teníamos una actitud hostil y desesperada de alimañas cautivas. El miedo real a la palmeta y un terror difuso a no sé qué terribles torturas inquisitoriales que nos imaginábamos, nos acorralaban ordenadamente en los duros bancos de la escuela. Una vez un maestro se entusiasmó golpeando a un niño. Le tiramos un tintero a la cabeza y nos fuimos.
—Tienes mucho talento para la enseñanza, ya lo sabes —dijo Max—. Lidiar con todos esos críos que tienen pánico a las matemáticas.
—Pero se te olvida que los profesores ganan una miseria —le dije—. ¿Por qué crees que pasé por el suplicio de sacarme el máster de gestión, eh?
Tres días de junio, Lumen, pág 23
Nunca ha sido ni se ha sentido muy profesor; en esta institución del saber tan cambiada y, a su juicio, emasculada, está más fuera de lugar que nunca. Claro que, a esos mismos efectos, también lo están otros colegas de los viejos tiempos, lastrados por una educación de todo punto inapropiada para afrontar las tareas que hoy día se les exige que desempeñen; son clérigos en una época posterior a la religión.
Desgracia, Mondadori, pág 11
Sé (y me molesta) que semanas antes de que acabe el verano empieza a hacerse mala sangre y a exasperarse por todas las pruebas que está seguro de que se encontrará: los estudios, los éxitos que se esperan de él en gimnasia (le gustan los juegos de correr y esquivar a sus compañeros, pues es veloz, ágil y escurridizo), los nuevos profesores, los viejos profesores, el director, el subdirector, el jefe de taller, el profesor de ciencias (siempre ha mostrado desconfianza por los profesores de taller y de ciencias. Tal vez porque son hombres), la profesora de música (¿le exigirá también ella que se ponga de pie y cante unos acordes para determinar en qué sección del coro lo ubicará cuando haya que cantar en las asambleas semanales?), los monitores de los grados superiores al suyo (muchachos más grandes y más fuertes que él, con derecho a darle órdenes, y chicas más grandes y más altas con insignias y brazaletes que indican autoridad y con pechos embrionarios que comienzan a apuntar hacia él de forma misteriosa y amenazadora. Recuerdo cómo era cuando yo era pequeño), y los chicos y chicas a quienes conoce del año anterior que ya no estarán en su clase. Lamenta la pérdida de los alumnos que conoce, tanto los niños como las niñas, incluso la de aquellos que no le gustan y se mudan a otras ciudades o bien los llevan a escuelas privadas, caras y no muy buenas (cada vez somos más los que cambiamos a nuestros hijos a otras escuelas privadas, para después volver a cambiarlos a otras escuelas privadas que no son mucho mejores. No nos gustan los directores de estas escuelas privadas
Mi hermano estaba en el último año del instituto y no le estaba gustando nada. El último trimestre había sacado cuatro suspensos y un aprobado. Su cara no delató consternación alguna mientras me lo contaba. Por lo que se ve, mi padre, que no siempre era el más indicado para la típica charla seria entre padres e hijos, se había quedado mirando las notas y le había dicho: «Pues, Robert, qué quieres que te diga… Cuatro suspensos y un aprobado: ¡Parece que le estás dedicando demasiado tiempo a una asignatura!». Mi hermano se reía entre dientes contándomelo