Nada me ha parecido
nunca tan desolador como una clase vacía, abandonada por su población de seres
humanos, con cráneos desproporcionadamente grandes y ojos que parecían
engullirte. Cada aula vacía. Con los abrigos colgados todavía de los percheros
y los montoncitos de libros y cuadernos sobre los pupitres garabateados, con
una ventana abierta y la brisa exterior inflando la cortina, hace que los ojos
se me inunden de lágrimas, porque me recuerda un día perdido en el tiempo, cuando
entré, a mediados de las vacaciones de verano, en la escuela en la que
estudiaba y la encontré sola, melancólica y desierta, inmóvil bajo el glaseado
del tiempo como una fotografía de colores borrosos
—Creo firmemente —dijo— que
todo lo malo que me ha sucedido en la vida procede directamente de aquel quinto
curso. Hasta entonces, todo me había salido la mar de bien. No había quien me
detuviese. Tenía fama de listo. Casi siempre me tocaba a mí lavar los cepillos
de borrar la pizarra y vigilar en los comedores, tanto que se comentaba que era
el favorito de la maestra. Llegué entonces a quinto: la señorita Pilchner.
¡Dios mío! Todavía puedo verla; con aquel pelo rizado y corto, ceñido de color
cobre, y con aquella sonrisa amplísima, sesgada y más falsa que Judas que no
engañaba a nadie menor de veinte años. El primer día de clase, va y me
pregunta: «¿Dónde tienes el cuaderno de papel cuadriculado?». Digo: «Prefiero
el papel liso». Entonces va y dice: «En mi clase no hay favoritismos y no
tolero que nadie haga las cosas según su maricaprichosa manera». En aquel punto
y hora comprendí que empezaban los malos tiempos. Desde entonces nada me ha
salido bien, nada en absoluto.
Había aprendido muchas
cosas, podía calcular el volumen en litros de un vaso cilíndrico de 6 cm de
diámetro interior y 8 cm de altura; sabía atarme con doble nudo los cordones de
los zapatos, tal y como me había enseñado Pardeza; era capaz de nombrar los
afluentes del Guadiana (el Cigüela, el Záncara, el Jabalón y el Zújar); jugaba
bien al churro, media manga, mangotero; hacía redondilla con las chapas rojas
de Cinzano y era bastante bueno en fútbol; sabía las capitales de provincia y
en qué época de la prehistoria se inventó la rueda; y en el caso de encontrar a
un ganadero que tuviera pienso suficiente para alimentar a 220 terneras durante
45 días, no me resultaría muy difícil indicarle a dicho ganadero cuántos días
podría alimentar con la misma cantidad de pienso a 450 terneras (si es que
tanto interés tenía en saberlo como nos hacía creer el libro de matemáticas);
había dado en ciencias la fecundación entre óvulos y espermatozoides (aunque no
llegué a entender qué relación tenían esos microbios con los chochos y las
pichas) y sabía a cuántos milibares equivale una atmósfera.
El primer bar estaba al lado del colegio y no era raro
encontrarse a un profesor que —con toda la sabiduría de este mundo— pasaba el
recreo tomando un brandy como quien acuna a un niño.
Las explicaciones del profesor en un aula convencional (ese ‘dictador
retrógrado’, parecen estar sugiriendo los ponentes) deben ser sustituidas por
búsquedas en internet y por vídeos con imágenes, en los que se oye la voz del
profesor explicando la lección (los ejemplos propuestos suelen proceder de las
asignaturas de historia o de geografía).Es decir, si el profesor explica la lección en clase es un dictador
retrógrado, pero si se graba a sí mismo explicando la lección- sobre un conjunto
de imágenes con música cursi- entonces se está comportando como un
guía-acompañante para sus alumnos, que han de encontrar por ellos mismos el
camino hacia el conocimiento
De modo que la escuela secundaria se te antoja como una serie
de contratiempos que te van arrastrando, contra tu voluntad, de un charco de
barro al siguiente, aterrizando cada vez más profundo, más lejos
The remainder
of my schooldays were no more auspicious than the first. Indeed, they were an
endless Project that slowly evolved into a Unit, in which miles of construction
paper and wax crayon were expended by the State of Alabama in its well-meaning
but fruitless efforts to teach me Group Dynamics
A las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela
pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara
de mil demonios. Ningún himno a la libertad, entre los muchos que se han
compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los
oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina
escolar y echarse a la calle piando y saltando. La furia insana con que
se lanzan a los más arriesgados ejercicios de volatinería, los estropicios que
suelen causar a algún pacífico transeúnte, el delirio de la autonomía
individual que a veces acaba en porrazos, lágrimas y cardenales, parecen
bosquejo de los triunfos revolucionarios que en edad menos dichosa han de
celebrar los hombres…
Alex le dijo que estaba leyendo un estudio comparativo de
sistemas educativos del mundo que mostraba que cada sistema se construía en
función de la cultura y la ideología del país, y que éstas estaban también
modeladas e influidas por dicho sistema
Y en medio de todo, en esta vida de completa desconexión,
hace un momento R. nos ha dicho por teléfono que le han quedado tres en la
segunda evaluación. Ha sido una noticia extrañísima. Tres suspensos en un
sobrino, en un vecino, en el hijo de un amigo no tienen ninguna importancia;
ahora, tres suspensos en esta familia son un drama. Jamás había suspendido. Él
mismo estaba desconcertado, aunque debía barruntarlo, porque ésa es de la clase
de catástrofes que, como las avalanchas, se hacen preceder de un gran ruido. Y
habríamos querido estar con él. Y todo lo que encontrábamos hasta ese momento
sabrosísimo se insustanció, y no hacíamos más que pensar en nuestra vieja casa
y en un chico que lo estará pasando mal
—En mis tiempos —dijo el
Sargento— la mitad de los alumnos de primaria andaban por ahí con semejante
número de infecciones en la boca como para diezmar la población de la Rusia
continental y marchitar una cosecha con solo mirarla. Ahora eso ya no pasa, hay
revisiones obligatorias, los dientes que no están mal del todo los rellenan con
hierro y los que sí están mal los extraen con algo parecido a unas tenazas para
cortar alambre.
No estudié en Cambridge, como mis hermanos. Pude hacerlo,
pero no quise. Preferí salir al mundo. Siempre lo he lamentado. Creo que me
podría haber ahorrado muchos errores. Se aprende mucho más rápidamente bajo la
dirección de profesores experimentados. Si no se tiene un guía se malgasta
mucho tiempo errando el camino, para encontrarse luego en un callejón sin
salida.
La fiesta congregaba profesores, escritores, poco más. En la
parte derecha del salón, los profesores hacían corrillos y movían mucho las
manos, se les notaba el vicio adquirido tras varios años de pupitres y pizarras
Di
por sentado que sexto estaría chupado, como todos los cursos hasta
entonces, pero, no sé por qué, resultó que había el doble de
deberes, y todo se hacía mucho más difícil. Además, de repente,
mis compañeros de clase parecían mucho más listos que yo, y mucho
más conscientes de cómo funcionaba el mundo
Empezamos
a calcular, ya un poco seriamente, cuando estudiamos la carrera.
Cuánto tiempo vamos a necesitar para hacernos médicos: a) si somos
buenos estudiantes, pasaremos, más o menos, X años en la
universidad; b) si somos estudiantes del tipo
ya-estudiaré-cuando-acabe-la-película, tardaremos X+l o X+2 años,
según el metraje de las cintas y la capacidad de los guionistas para
marear de aburrimiento, y c) si somos estudiantes tragicómicos, en
cambio, podemos llegar a tardar hasta (x+N)2
años. Entonces decidimos que igual lo mejor es el grupo A, pero que
tampoco pasa nada por saltar al grupo B un par de veces al año. Que
es incluso bueno. También tres veces. Cuatro ya no.
—En
la universidad fueron buenos contigo, Ignatius. Vamos, di la verdad.
Te dejaron quedarte allí mucho tiempo. Te dejaron incluso dar una
clase.
—Bah,
fundamentalmente era igual. Cierto pobre blanco de Mississippi le
dijo al decano que yo era un propagandista del Papa, cosa
evidentemente falsa. Yo no apoyo al Papa actual. No se ajusta en
absoluto a mi idea de un Papa firme y autoritario. En realidad, me
opongo firmísimamente al relativismo del catolicismo moderno. Sin
embargo, el atrevimiento de aquel ignorante fundamentalista rústico
y fanático impulsó a mis demás alumnos a crear un comité para
exigir que yo corrigiese, puntuase y devolviese sus ensayos y
exámenes acumulados. Hubo incluso una pequeña manifestación ante
la ventana de mi despacho. Fue todo muy espectacular. Se las
arreglaron bastante bien, siendo como eran unos mozalbetes simplones
e ignorantes. En el punto culminante de la manifestación, tiré
todos aquellos papeluchos, sin corregir, por supuesto, por la
ventana, sobre sus propias cabezas. La universidad era demasiado
mezquina para aceptar aquel acto de desafío al abismo de la academia
contemporánea.
—¡Ignatius!
Nunca me lo habías contado.
—No
quería preocuparte. También les dije a los estudiantes que, en bien
del futuro de la humanidad, esperaba que todos fueran estériles
—Ignatius se colocó las almohadas alrededor de la cabeza—. No
habría podido leer las barbaridades y disparates que salían de las
mentes oscuras de aquellos estudiantes. Me pasará igual dondequiera
que trabaje.
A
Nelson le gusta el colegio; le encanta, se desvive por ganarse la
aprobación de sus profesores, por ese gesto de sorpresa que les
asoma en la cara cuando expone algún oscuro dato histórico
relacionado con nuestro sistema legal, por ejemplo, o los elementos
más raros de la tabla periódica.
El
maestro, alentado por el apoyo de las altas esferas, presentó una
lista de los nombres de los padres que no llevaban a sus niños a la
escuela. Seguidamente saco otra de los padres que mandaban a sus
hijos sin otro alimento que el almuerzo tradicional, cerveza, que
tenía ebrios a sus pupilos toda la tarde.
—No
quiero ser profesor —respondió papá serenamente, lo que
significaba que otra vez estaba furioso—. No quiero ser entrenador.
No quiero que mis hijos vayan a un instituto tan malo. Éste es un
pueblo de paletos, con una escuela que se tambalea y está llena de
chicos ricos con problemas; sus padres los envían aquí en un
esfuerzo desesperado por frenar su ya considerable sofisticación...,
sofisticación delirante
por parte de los hijos, patanería delirante por parte de la escuela
y del pueblo. Lo peor de ambos mundos.
Estaba
pálida y desmejorada y me dijo que no era feliz. Las normas de
aquella escuela me parecieron demasiado rígidas, como
desproporcionada la exigencia en el estudio para una niña de tan
corta edad.
Fui
coadjutor en una parroquia y daba dieciséis horas semanales de
Religión, a seis clases diferentes, de la 2ª a la 8ª clase. Eso
suponía un montón de trabajo, más aún si se tiene en cuenta que
yo me estrenaba en aquel encargo. Era lo que más tiempo me llevaba
de todas mis obligaciones pastorales; disfrutaba mucho con aquellas
clases porque enseguida comprobé que tenía facilidad para
relacionarme con los niños. Fue una experiencia muy interesante para
mí, dejar el ámbito intelectual para, de pronto, dirigirme a los
niños. Me pareció muy bonito transformar el abstracto universo de
los conceptos de modo que un niño también pudiera entenderlo
Una
vez una profesora que teníamos en el instituto Velázquez venía tan
derrotada de la clase que acababa de dar en otro grupo, que cuando
entró en la nuestra me dijo: “Manolito, vete de clase, que hoy no
tengo ganas de aguantarte”. Todavía no había soltado el bolso en
la mesa, ni había pronunciado el primer “¡Silencio!”, y ya me
había echado. Si te sentabas a mi lado, inevitablemente nos
expulsaban a los dos de clase. Que se lo pregunten si no a David
Bravo
—Me
encantaría —contestó—, pero ya no tengo tiempo. Evidentemente
echo de menos el contacto con los alumnos: te dan la sensación de
recuperar algo perdido, ¿verdad? Si te soy sincero, al final empezó
a parecerme que los estaba estafando un poco, animándoles a creerse
capaces de escribir un gran éxito de ventas que solucionaría todos
sus problemas, cuando lo cierto es que la mayoría de esos chicos
simplemente no tiene talento.
Como
otros tantos maestros exigentes, tenía tendencia a preferir a los
alumnos que no habían recibido ninguna formación en vez de a los
que habían recibido otra distinta que la suya, y a considerar que
había que partir de cero
La
mayoría de mis compañeros se echaba sobre los cuadernos e intentaba
dormir. Un niño evaluaba la calidad de la jornada durmiéndose
encima de un papel milimetrado. Luego trazaba un círculo alrededor
de la mancha de baba que había quedado y comparaba el tamaño y la
forma con la mancha del día anterior.
Todos
eran muy hábiles en el arte de explicar, desarrollar y diseccionar,
e intentaron conseguir que me quedase por esos medios. Consiguieron
desesperarme, y al final ya no podía soportar sus caras sonrientes y
esperanzadas de profesores. Déjenme que les diga que los profesores
son unos impostores de tomo y lomo y de la peor especie, pues
pretenden una vida imposible, una eterna y ociosa juventud
existencial. Eso les crea terribles decepciones y les lleva a
alejarse de la verdad. Y la literatura, por su carácter duradero, es
el billete para esos viajes.
EDUCACIÓN En
1833, Colin Goodykoontz, un predicador ambulante con nombre de cuento
de hadas, resumió la situación de una ciudad de Indiana del
siguiente modo:
‘La
ignorancia y su escuálida prole. Una carencia universal de
intelecto. La abstinencia total de la literatura es práctica
generalizada… No hay ninguna autoridad académica en gramática o
geografía ni, hasta donde yo sé, un profesor capacitado para
instruirlos… Otros padecen durante unos pocos meses al año los
métodos de enseñanza de lectura, escritura y cálculo más
anticuados e inadmisibles… ¿Es necesario que haga un alto para
recordaros que esta ciénaga es idónea para engendrar repugnantes
reptiles? ¡Croan de celos; su fanatismo es desaforado; son
desconfiados como serpientes; están ciegos cual gusanos; tienen la
malicia de los cocodrilos!’
Las cosas han cambiado desde
entonces, pero en ninguno de los aspectos mencionados
En
el corazón del corazón del país, La navaja suiza
Mi
padre no quiso que yo fuera a una escuela nacional, como se llamaba
entonces a la escuela pública, porque, según él, en ellas no se
trabajaba suficientemente con los alumnos y había demasiados en
clase
Hevistoamisalumnosporprimeravezestatarde,enunasaladeseminario
bastante lúgubre del octavo piso de la torre de Letras. Nos hemos
sentado en sillas mohosas alrededor de una mesa grande cubierta de
una fina película de polvo de tiza. Había letreros como señales de
tráfico clavados en la pared, con dibujos estilizados y barras
diagonales, prohibiendo fumar,
comer
y beber.
¿Hay
que prohibirles explícitamente a los estudiantes de hoy día comer y
beber en clase? Me tranquiliza que los míos, en su conjunto, sean
majos. Claro que ha sido un encuentro tenso, de valoraciónmutua